Blogia
sereira

La mano de la diosa

La escalera del jardín

La escalera del jardín

La escalera era una idea obsesiva de Eugène.  

Estaba claro que la inactividad era algo para lo que ella no estaba preparada.

 

Me llamó, con cierta impaciencia, con la idea de analizar por nuestra cuenta y en paralelo con el doctor los datos de que disponíamos; no parecía darse cuenta de que era un trabajo inútil:

Ella no estaba capacitada, aunque quisiera pensarlo, para ese tipo de trabajo, que además probablemente le aburriría; quizá sí que poseía los conocimientos suficientes, pero estaba claro que le faltaba la serenidad, la experiencia de la edad para usarlos adecuadamente. Por mucho yoga que practicara...

Yo estaba en cambio perfectamente capacitado para admitir mi supina ignorancia con naturalidad y aplomo, aunque viéndola en ese estado de excitación, traté de aprovechar su debilidad y tomar las riendas de la situación, llevándola a mi terreno.

Bienintencionadamente, quiero que se me entienda: No pensaba, aunque fuera siempre bien recibido, en las prácticas de telepatía por el "método Eugène"...

Si mi conclusión sobre la situación de "stand by" me llevaba a tratar de conducirla hacia la paciencia, la espera tranquila, aprovechando el tiempo que se nos regalaba en actividades lúdicas, no era sólo porque es lo que más me apetecía a mí.

(Qué bonitos recuerdos, sin embargo, acumulados en un par de días de "dolce far niente", sosegados, al menos por mi parte; de un par de noches que traté de aprovechar vaciándolas de sueño para llenarlas..., de otras sensaciones.)

Pero, aunque su espíritu rebelde me sobrepasaba, por una vez, intenté engañarla.

Quizá me lo permitió.

Yo sabía de su conocimiento profundo del casco antiguo de Aranjuez, de cada una de sus edificaciones históricas, de sus jardines, en especial el de la Isla, abundante en fuentes y estatuas, a la búsqueda de señales encriptadas, marcas,... esas cosas que ella buscaba.

También deduje que, con este sistema, habría olvidado o prestado menos atención al jardín vegetal, el del Príncipe, donde lo importante es el paisaje, los árboles, los arbustos, el bosque, y donde sus escasas construcciones se supeditan a la naturaleza.

En mis paseos por el jardín, primero solitarios, había al fin trabado conversación y un principio de amistad con bastantes personas que adoraban ese jardín en particular y conocían sus más íntimos rincones.

Me enseñaron muchas cosas. Más de lo que podía asimilar. Y un común interés nos unía, aunque nuestras motivaciones fueran diversas.

Por múltiples razones a mí me había atraído más que la compleja imaginería del jardín de la Isla, en la que Eugène parecía especializada, y traté de aprovechar mi supuesta ventaja, arriesgándome a su burla, ofreciendo una "pista" que me pareció que podía sacarla de su perpetua tensión.

Como, por algún motivo que se negó a explicarme, la escalera era su imagen obsesiva, la busqué en mi memoria y la encontré: Me refiero a una escalera física, de verdad; no podía arriesgarme a mencionar el significado que Freud suele atribuir a la imagen de la escalera, porque seguro que ella había estudiado psicología en profundidad, y saldría sin duda trasquilado. Y era preferible soslayar el lado emotivo e inclinarse por el pseudoracional, tratando con semejante personita.

Traté de, mediante circunloquios aparentemente casuales, llevarla donde yo quería. Dudo mucho que consiguiera engañarla, pero pareció permitirme hacerlo: Me sorprendió lo fácil que resultó.

En realidad, me tomó en serio enseguida. Una reacción que yo no esperaba, y que de una manera vaga ella relacionó con mi "marca". Esto me disgustó, sin saber por qué, pero lo olvidé de inmediato, ante su atento interrogatorio sobre mi sugerencia.

Realmente yo había visto esa escalera que, dado mi temperamento romanticoide, me sugirió algunas ideas que trataba de aprovechar para mis escritos. Pero lo importante, para mí, era el lugar donde estaba.

Para llegar a aquel lugar era preciso cruzar, a pie -la circulación rodada estaba rigurosamente prohibida-, "mi" jardín.

Durante el paseo hasta nuestro destino, a través de largas y bien delineadas arboledas alternando con sinuosos caminos cubiertos hasta ocultar el sol, le fui comentando mis impresiones, echándole imaginación, y señalando lo que en el trayecto había ido llamando mi atención.

Su interés me seguía sorprendiendo, pero disfruté viéndola callada durante tanto tiempo seguido: Quizá había entendido, por fin, que nosotros no podíamos hacer nada práctico, y que era mejor aprovechar ese corto periodo en blanco para hacer turismo disperso, de sensaciones...

Quizá me estaba dando una tregua.

Yo lo disfruté lo mismo.

No quise pensar en lo que opinaría mi editor de estas improvisadas vacaciones...

Mi escalera estaba, geográficamente, en lo que podía ser el centro de aquel inmenso vergel.

La forma que toma el jardín la delimitaban dos fronteras: Una natural y sinuosa que forman los meandros del río, separada su ribera del jardín por una larga muralla de piedra, abierta en insospechados embarcaderos en tramos irregulares, que seguía el curso del río, y la otra artificial y lineal, en forma de verja de hierro fundido entramada en columnas de ladrillo macizas rematadas por adornos de piedra. Ambas de kilómetros de largo.

En el extremo donde el puente sobre el Tajo da acceso a la población, se unen las dos. En el opuesto, se abre en grandes sotos de ribera que se prolongan hasta las huertas, por lo que, a grandes rasgos, el jardín se puede considerar un gran triángulo isósceles -no quiero saber de dónde procede este lenguaje tan técnico que de un tiempo a esta parte está estropeando mis novelas, supongo que el doctor resulta en definitiva una mala influencia...-, cuya base cerrara el mismo río en amplia curva.

Como sea, por capricho Real probablemente, o por intuición de alguno de los experimentados jardineros que lo fueron trazando, hacia su centro se construyó, porque el natural del valle es llano, una aparentemente absurda montaña artificial.

Denominada "Rusa" sin ningún motivo más que el de ser una rareza.

Sirve de mirador y de adorno, y sus laderas están pobladas de diversos árboles de gran tamaño, arbustos, bambúes, especies exóticas o de otras latitudes, en imposible mezcolanza, y tapizadas de fresas silvestres.

Su altura no sería notable si no fuera porque es la única prominencia en kilómetros. Pero su inserción en el interior del jardín, rodeada de árboles de gran porte, la hace invisible desde el exterior, confundida su masa vegetal con el resto de elevadas copas que se mezclan con las plantadas en su pendiente.

Se distingue claramente sin embargo su cima, porque está rematada por un templete de madera coloreado en verde intenso y blanco que cumple la misión de mirador, y de refugio.

Llegar allí no lleva más de veinte minutos, paseando, si se sigue el trazado de calles y caminos; algo más si se atraviesan las masas de bosques siguiendo senderos delineados en forma aleatoria por los que se evita el camino real, sin que suponga un atajo seguirlos, ya que no es ese su objeto.

Vienen estos senderos marcados más bien por árboles singulares o macizos exóticos, autóctonos o aclimatados. O por alguna fuente, que en este jardín están ocultas y accesibles tan sólo por caminos que no las anuncian, sino que las muestran por sorpresa.

Y a pesar de su posición céntrica, si seguimos el camino que llamé real, es posible que la "montaña rusa" nos pase inadvertida, porque se aparta de éste, como si no quisiera ser una parada hacia otro lugar, sino un destino en sí misma.

Por supuesto, elegí los caminos ocultos, que yo había llegado a conocer lo suficiente como para no perder la orientación.

Fui comentándole lo que había yo aprendido por mí mismo, y lo que viejos y jóvenes amantes del jardín, que sabían cuándo y dónde una nueva especie había sido plantada, o había brotado de forma espontánea, y conocían algunos árboles por su nombre de bautismo, además del latino, me quisieron enseñar en diferentes paseos de placer, sin meta.

Hasta hace unos veinte años, cuando noviembre iba mediado y hasta mediados de diciembre, los jardineros trepaban a los árboles para varear las ramas y coger las pacanas. Conocían los pacanos por el fruto y los designaban con antiguos nombres propios tan peculiares como: "Espatarrao", "Camello", "Banderilla", "Chiquitín", "Piñón", "Blanquillo", "Rayao", ...

Eugène me preguntó por algunas especies o árboles notables, no sé si por interés, o por saber hasta qué punto yo sabía de qué hablaba.

Si era esto último, sin duda me descubrió, porque yo no había sido buen alumno y sólo me quedaban en la memoria los detalles que me impresionaban por motivos que nada tenían que ver con la botánica...

Pero pareció conforme con mis aventuradas explicaciones.

No hubiera sido igual si hubiéramos hablado de especies de vid, pongamos por caso. Yo sabía, por experiencia, que era un terreno resbaladizo con ella.

El caso es que llegamos al pie de la montaña casi sin darnos cuenta.

Subir a la montaña era sencillo: Bastaba elegir cualquiera de los caminos bordeados de setos o hileras de cipreses que, en espirales paralelas, confluían en la cima.

Pero nuestro objetivo no era, en principio, ese.

Yo sabía que existía otro acceso, menos evidente, aunque no oculto.

Se trataba de una estrecha escalera pétrea, de cortos escalones de piedra pulida y gran pendiente, amurallada de ladrillos, y que podía suponer un atajo por su vertical desnivel, pero que apenas era utilizada porque los caminos en rampa eran mucho más cómodos y agradables para un ascenso sin prisa.

Además, por estar orientado al norte, bordeada de yedra resultaba más sombría.

Lo curioso, y yo trataba de interesar por ello a Eugène, es que, a través de algunas fisuras de la piedra donde el agua había erosionado los bordes, se podía comprobar la oquedad de toda la montaña. No estaba hecha, deduje, por acumulación de piedras y tierra, sino recubierta por una capa de tierra sobre lo que podía ser un cono o pirámide, en cuyo interior me pregunté qué podía haber. Y ahora se lo preguntaba a Eugène, que miraba, desde el pie de la escalera, hacia arriba, comprobando le existencia de las oscuras aberturas que yo le había indicado.

Y de forma práctica, tras subir algunos escalones, se inclinó y chilló de forma aguda, sin avisar, a través de la grieta de un escalón que ofrecía más amplitud al interior, por rotura, recibiendo en respuesta un eco sordo que confirmaba mis sospechas. Mi natural pudor me hubiera prohibido, caso de ocurrírseme, soltar un grito de esa catadura. Yo, en su momento, había deslizado por una grieta superior una piedrecilla que sonó al poco sobre lo que parecía enlosado, piedra sobre piedra.

La conclusión era la misma.

Eugène admitió que el lugar era para tomarlo en consideración, y ya había localizado, detrás del muro que flanqueaba la escalera, una pequeña puerta verde metálica, que parecía incrustada en la piedra misma.

La proximidad de una hilera de invernaderos, algunos aperos de jardinería y un botijo en uso delataban la probable utilidad de lo que fuera que hubiera tras la puerta, que estaba cerrada con un candado que Eugène examinó con atención, aunque no hizo nada más con él.

Olvidó la escalera, sin comentar, y eligió una de las subidas en rampa de tierra que comenzaba en un arco formado por el entramado de dos cipreses, y que arrancaba su ascensión muy cerca.

Me tomó la mano y me condujo, en silencio, hacia arriba, por entre los setos que hacían de barrera hacia el exterior y el talud de tierra interior donde se alternaban macizos de flores de temporada con fresas florecidas en pequeños pétalos blancos, apuntando en amarillo su fruto, según la orientación de la falda fuera norte o sur. Tomó de paso una fragante fresa madura que no había sido detectada por los madrugadores pájaros especializados en ello, y me la ofreció, sin dejar de andar despacio, mientras saboreaba la que con anterioridad había recolectado para sí.

Tras un corto espacio de tiempo, distraídos con el privilegiado acceso al paisaje que se nos iba mostrando todo alrededor de la montaña, llegamos a la cima y entramos en el pabellón de madera policromada.

Dentro, en la penumbra de la tracería que contrastaba con el brillante día, cuando la visión se adaptaba al súbito cambio, se prolongaba un banco de madera adosado a las paredes, aunque para mirar el paisaje que se ofrecía desde aquella altura era preciso arrodillarse apoyándose en el marco de las arcadas, sobre el banco, cosa que hicimos, para contemplar el techo de la gran masa arbórea que se extendía en todas direcciones, rayada de caminos trazados con suficiente ancho para no quedar cubiertos por las copas.

Los senderos resultaban invisibles, y solo algunos claros cultivados de hortalizas, para justificar la antigua huerta, frutales bien alineados, más bajos, o algunas zonas de "parterre" clareaban el inmenso mar verde de variados matices, del que emanaban mezclados diferentes aromas, arrullos de palomas ocultas entre las espesas ramas, y otros sonidos supuestamente naturales difíciles de identificar.

La avanzada primavera se mantenía viva en este rincón por obra de los experimentados jardineros que se ocupaban de ello, continuadores de los expertos jardineros que lo diseñaron.

Tras un rato de contemplación silenciosa, Eugène pareció encontrar insospechadas similitudes entre aquellos bancos adosados a la pared, evidentemente bo pensados para una larga contemplación, y los de "la Tetería". Con el fondo de los pájaros, sin alcohol, decidió que por qué no aprovechar el parecido.

Le hubiera preguntado por sus impresiones sobre "mi" jardín, pero pensé, mientras trataba de acomodarme al estrecho apoyo, que podía esperar a la bajada...

Sin embargo el aviso de la llegada de un inoportuno SMS interrumpió nuestra conversación sin palabras.

¡Vaya!

El hechizo se deshizo.

El doctor le había enviado a Eugène un mensaje de cuatro letras, que ella se apresuró a leer, perpleja:

"Buda".

-¡Vamos! –Eugène me arrastró literalmente, en loco descenso y absurda carrera, hasta la puerta más cercana del jardín, mientras deliraba sin sentido, murmurando para sí misma.

-Buda, la India, el Tibet, ¡Oriente!...

Había hablado con el doctor, que estaba al parecer de camino.

El tubo

-Es increíble Mila –comenté.  

-Sí, es especial –meditaba Eugène.

Se había sentado sobre la cama. Abrazaba sus rodillas sobre su pecho, bajo su barbilla, y miraba con la cabeza baja a un punto que, pasando por sus rodillas, acababa en el infinito. Pies desnudos sobre el centro de mi cama, llevaba un rato sin hablar, mientras yo preparaba algo para cenar.

Cuando nos sorprendió el pajarero, Charlie, yo no había tenido tiempo de reaccionar del todo en ningún sentido.

Mila y Eugène se hicieron cargo de la situación con habilidad, de forma que pronto salimos del sótano sin levantar las sospechas de Charlie, que confiaba en ellas; la verdad, no sé por qué.

Al salir notamos que se nos había hecho tarde, lo que confirmaba la consulta que yo había hecho al reloj, que en principio supuse estropeado, y aún me tenía confundido.

Habíamos pasado unas cinco horas ahí abajo, a oscuras -o lo que fuera-, si mi reloj no mentía: El pajarero había tenido tiempo sobrado de abrir y volver a cerrar su tienda en su turno de tarde.

Mis recuerdos eran nítidos: no tenía conciencia de ningún periodo en blanco. Y sin embargo el conjunto no justificaba tal inversión de tiempo.

Mientras preparaba unos sandwiches en el micro-ondas y algo de ensalada de escarola aderezada con aceite y limón, reconstruía una y otra vez la escena.

A mí la ocupación manual me ayudaba a pensar. Al parecer Eugène necesitaba la inmovilidad tántrica.

Otra vez, desde el principio. Trataba de comprender cuándo, cómo, a causa de qué había transcurrido tan largo periodo.

Me sobresaltó el timbre del micro-ondas, y el darme cuenta de que había pasado por alto algo fundamental.

Puse en una bandeja sandwiches, ensalada, cubiertos, agua -el vino y los vasos estaban en mi habitación- y me apresuré a comentarlo con Eugène.

Al tiempo que colocaba la bandeja delante de ella, sobre la cama, con el consiguiente peligro de accidente doméstico, y acercaba una silla al lado de la cama, para compartir la "mesa", pregunté a Eugène, que continuaba inmóvil.

-¿Qué era?¿Qué era eso que tocamos?

-Es un documento, una pista. No sé si únicamente una pista, o El documento.

-Pero ¿dónde está?

-Lo he dejado en la mesilla de la entrada.

-¿Sí? –me sorprendí-. No había pensado en ello hasta ese mismo momento.

-¡Claro!

No entendí qué es lo que estaba tan claro. Le interrogué con la mirada.

Por fin, despacio, deshizo su postura fetal para adoptar otra más clásica, reclinada como un patricio romano a punto de iniciar una orgía culinaria. Tomó un sándwich y un poco de escarola, sin usar cubierto alguno.

Su cara recuperaba su expresión más habitual: cuando se burlaba de mí. No supe si alegrarme.

Entre pequeños bocados, empezó.

-¡Come hombre! –y me ofreció el otro sándwich-. La pista, o mensaje no se va a ir. Nosotros lo llamamos el tubo, sin más.

Me había levantado precipitadamente, rechazando por el momento el sándwich, antes de que terminara de hablar.

Me acerqué hasta la mesilla de entrada, donde algo metálico, con pulido mate, esperaba inocentemente.

Del primer vistazo, siempre he sido muy agudo, comprendí lo de "el tubo". Era muy descriptivo.

Por algún motivo inconsciente, decidí no tocarlo.

-¡Se puede tocar!¡No muerde! –escuché desde la otra habitación.

Pero esto no me hizo cambiar de idea. Preferí cenar antes. Pensé que los sobresaltos se llevan mejor con el estómago lleno.

-¿Está seguro ahí? –comenté, aunque con una preocupación limitada: En realidad, tenía hambre.

-Mejor que en una caja fuerte, no te preocupes –siguió a lo suyo con la escarola y el sándwich-.Termina de cenar. Ahora vamos a salir un rato a tomar algo, y te cuento lo que yo sé.

-¡Qué detalle!

-Mañana podemos proceder al análisis, lo que llevará su tiempo. Probablemente necesitemos ayuda.

Decidí confiar en ella.¡Qué remedio! Terminamos de cenar sin volver a hablar, pensativos o concentrados en el queso y el jamón.

Observé que ella había preferido vino esa noche: Un tinto de Burdeos que yo guardaba para grandes ocasiones, en lugar de agua del grifo, como era habitual.

(...)

Como suponíamos, "la Tetería" estaba bastante despejada. Sólo gente sin horario, como nosotros, andaba entre semana a aquellas horas por allí.

Eugène me llevó al rincón del salón oriental después de haber encargado unos combinados, que nos trajeron inmediatamente, y nos dispusimos a invertir una buena cantidad de tiempo en alargar los combinados y, esperaba yo, aclarar un poco el cisco en que me estaban metiendo Eugène y sus "amigos".

Antes de salir habíamos observado con más detenimiento el tubo, que ciertamente no mordía y tenía un aspecto de lo más inofensivo. Eugène prometió contarme todo lo que sabía al respecto, y en eso estábamos.

Pero ella no parecía tener prisa, y yo estaba superando el estrés y empezaba a pensar, vagamente, en posponer el asunto y aprovechar la noche en otros menesteres más primarios.

Cuando asomó Mila.

-Hola –se acercó sin más, y se sentó al lado de Eugène.

-Hola ¿Cómo tú por aquí –pregunté-, sola?

-Le telefoneé que viniera –me informó Eugène, deferentemente- Hola Mila.

No era éste mi plan...

-Sí. Has estado muy afectado para asumir lo que ha pasado –trató de explicarme.

Yo me sentía, y mi cara lo delataba, molesto, por no enterarme de nada, y por el cambio en los planes que yo estaba haciendo por mi cuenta.

No es que no apreciara la presencia de Mila. Me caía bien, pero...

Como siempre, Eugène pareció leer mis pensamientos.

-Le dije que viniera, mientras preparabas la cena –dijo.

Y yo pensando que hacía yoga... Ni me enteré. No me entero de nada.

Mila escuchaba, sin decir nada. Había pedido algo al entrar al pub, y ahora se lo traían. Evidentemente, no estaba de paso.

-Es simpático tu amigo, el pajarero –Eugène hablaba con Mila ahora.

-¿Carlos?, ¿Charlie? Sí.

-Por un instante sospeché de él.¡Cuándo apareció así, de pronto! Creí que nos habían descubierto.

-Lo que pasa es que no habíamos calculado los tiempos.

Escuchaba a Mila con atención. Me daba la impresión de escuchar a otra persona diferente de la que yo creía conocer.

Callé de momento, esperando mi oportunidad de sorprenderlas con alguna cuestión aguda y fundamental que, extraída de mi agudo punto de vista, las sorprendiera. Aunque no la vislumbraba, la verdad.

Mila siguió hablando, con un control de la situación insospechado.

-Yo también pensé en una traición, pero al ver a Charlie me tranquilicé. Nos conocemos de toda la vida. Pero tú no perdiste el tiempo.

-Tenía que estar preparada para cualquier cosa. Hice desaparecer el tubo de inmediato, nada más encenderse la luz. Aunque si hubiéramos sido traicionados, en la situación en que estábamos, puede que hubiera sido inútil.

-¿Dónde lo escondiste? –pregunté, mientras valoraba las posibilidades en cuanto al tamaño del artilugio y las opciones de ocultación de que disponía Eugène: Camiseta negra sin hombros, ceñida, sin sujetador, shorts cortísimos, sandalias,...

-No te importa –las dos me miraron con cara de enfado-. Lo llevaba encima cuando salimos. Eso debe bastar.

Bueno. Parece que yo era el tonto de la película. A callar. Observé que había cambiado el short por un pantalón vaquero que debió olvidar en casa en algún otro momento. Tampoco recordaba tal cambio. La camiseta seguía siendo la misma. Estaba deliciosa, pensé, para consolarme de mi estúpida ignorancia.

Mila sonreía ahora, observando mi expresión cambiante y la dirección evidente de mis miradas.

-Los detalles no son importantes –zanjó Mila, mirándonos a ambos condescendiente, en una actitud que yo no entendía- Mis conocimientos, como sabes, son limitados.

Ahora se dirigía a Eugène, obviándome de nuevo.

-Empecemos por el principio –Eugène se dirigió a ambos- El tubo...

-¡Vaya manera despectiva de referirte al artilugio! –dije. Pero ella continuo, como si no me hubiera oído.

-El tubo –repitió- se hallaba bajo la marca. Apareció ante la invocación...

-¿Cual invocación? –ninguna de ellas me hizo caso. Me sentía transparente.

-... y aunque yo no conocía los detalles del proceso, en líneas generales se ajustaba a lo esperado.

Antes de que yo hiciera otro comentario, con respecto al proceso esta vez, ya Eugène había puesto su dedo sobre mis labios. A callar de nuevo. ¡Señor!, ¡Sí, señor!, grr..

-La cuestión ahora es averiguar si hemos hallado un mecanismo auténtico. Si la pista es eficaz. Si no es un tubo falso o engañoso.

-¿Cómo sabemos si es falso?

-Sólo podemos seguir las indicaciones y ver a dónde nos conducen.

A ella sí le hacía caso.

-¿No es peligroso?

-No tiene por qué serlo. Simplemente podría perdernos en el tiempo.

-¡Vaya gracia!¿No? –pude intercalar, apartando su mano de mi cara un momento.

-Sólo los no iniciados se pierden en el tiempo –dijo, coreada por Mila.

-Me consuelas ¡Cómo yo soy un experto!

-No te preocupes mientras estés conmigo.

-Incluso yo –dijo Mila, para animarme- podría echarte una mano si fuera preciso...

Soy el tonto de la película, pensé de nuevo.

-Soy el tonto de la película –dije resignado. Pero ninguna de las dos me contestó.

-El descifrado llevará algo de tiempo, pero no mucho –dijo Eugène- tenemos experiencia.

-En eso no te puedo ayudar –dijo Mila.

-Hablaré con don Simón, el doctor, para aligerar.

Mila me miró ahora, estudiando mi expresión. Estaba yo un poco cabizbajo.

Acabó, de un trago, su consumición. Algo sin alcohol, a juzgar por el largo trago. No sé.

-Yo tengo que madrugar –dijo al fin-. El viernes podemos quedar. Mi novio se va todo el fin de semana a una concentración motera. Yo eso no lo soporto.

Se me pasó por la imaginación la cara del pobre novio de Mila, tan simpático, tan complaciente, tan estrafalario vistiendo... Hoy me sentía solidario con él.

-Te llamo –dijo Eugène-. No pagues al salir, te invitamos.

Mila se levantó, se despidió con la mano, y se dirigió a la puerta, sin más.

Yo estaba bastante malhumorado. Se me habían pasado las ganas de...

Ella se recostó sobre mí. Rozó su mejilla sobre la mía. Murmuró algo sobre su cansancio, mientras frotaba su mejilla y sus labios sobre mi cara.

Yo intentaba no reaccionar. Mi voluntad se doblegaba, sin embargo, a pasos agigantados.

Me cogió las manos y las posó sobre su vientre, mientras susurraba algo en francés. Me subió las manos, despacio, sobre su piel, hasta alcanzar el pezón erecto de su seno izquierdo.

Decidí que mañana por la mañana le cantaría las cuarenta. Ahora no podía, con los labios ocupados.

La corrala

Carlos, el pajarero como Mila nos dijo, tenía tienda abierta dos manzanas más abajo.

Abarrotada de diferentes especies y géneros de animales andantes, reptantes, voladores, nadadores, predominando los plumíferos.

Locuaces y nerviosos algunos, silenciosos y lasos otros, en mezcla imposible, sonido de orquesta afinando y olor a una mezcla de metro de Sol, piscifactoria y feria del ganado.

Allí Carlos, en el buen sentido, parecía un animal más.

Se apreciaba el amor a su trabajo.

De camino, habíamos tomado un vermú casero, especialidad de la tasca de la esquina. Digo esto, y remarco lo de uno, porque, al menos en mi caso no es una dosis suficiente como para delirar.

Llegamos justo a la hora de cerrar, asesorados por Mila.

Él rechazó la oferta de otro vermú, y nos explicó que no había inconveniente en pasar ahora por su pajarera particular, porque en cualquier caso debía atender obligaciones diarias allí. Aunque sólo podríamos echar un vistazo, porque debía volver a casa a comer, antes de abrir de nuevo por la tarde su tienda.

Por el camino nos fue comentando que, efectivamente, existía una trampilla que conducía al sótano de su inmueble, pero actualmente se hallaba debajo de alguna de sus grandes pajareras. No de imposible acceso, pero sí complicado.

Hacía mucho tiempo, años quizá, que él no bajaba, porque no lo necesitaba, si bien recordaba haber almacenado algún cachivache allí.

La recordaba amplia, porque abarcaba bastante más que la planta del pequeño habitáculo que usaba. Hay que tener en cuenta que debía ocupar no sólo esta planta, sino además una parte del pasillo de entrada y del patio.

Era cierto lo que dijo Mila con respecto al olor penetrante, además de la suciedad que, a pesar de la limpieza diaria, se acumulaba, y el griterío increíble de toda clase de pájaros diferentes, de raza, híbridos, en rara competición.

Carlos estaba entusiasmado con sus logros, que nos iba explicando, y las pequeñas aves parecían conocerlo y alegrarse de su llegada, a juzgar por la subida de tono; también puede ser que, puesto que tan sólo un ventanuco –el nuestro- daba luz al refugio cerrado, y la puerta suministraba un extra de luz, tampoco grande, pero suficiente para notarlo, los habitantes de las pajareras apreciaran esa luminosidad extra.

Bajo una vieja cómoda asomaba el borde de una trampilla de madera que era, al parecer, la entrada a la estancia o hueco subterráneo.

Sobre la cómoda había gran cantidad de jaulas apiladas hasta casi tocar el techo, no muy alto, con sus correspondientes habitantes plumíferos. Era evidente la dificultad de acceder al sótano de forma inmediata.

Todavía no habíamos justificado nuestro interés y para poder seguir adelante era claramente menester dar una explicación convincente al pajarero sobre nuestras intenciones.

Yo miraba con mucha atención el reborde de madera sobre marco de hierro que se dejaba vislumbrar, como si me fuera a suministrar un buen alibí, cuando advertí que Eugène hablaba animadamente con el pajarero, al que por lo visto había convencido para, esa misma tarde, después de cerrar su tienda, proceder a la descubierta de la entrada, y estaban ya calculando qué debían trasladar y dónde.

Al final sí que íbamos a tomar ese segundo vermú, con Mila y el pajarero, de inmediato.

¿Qué había pasado?

(...)

Mientras el pajarero hablaba con Mila, en la tasca, me dirigí a Eugène en un aparte.

-¡No me digas que sabes de canaricultura también!

-¿De qué? ¡Ni idea!

-¿Entonces?

-Le he dicho que eres ayudante de dirección de Amenabar, buscando exteriores y escenarios para su próximo corto.

-¿Y se lo ha creído?

-Por supuesto. Lo has hecho muy bien.

-¡Pero si no he hecho nada!

-Exacto. Tu papel perfecto de ayudante de dirección.

-Ya ¿Y qué va a pasar cuando se dé cuenta de que no es verdad?

-¿Y por qué se va a dar cuenta?

En este punto, el pajarero, al que Mila se refería como Charlie, se dirigió a mí.

-Yo bajé hace tiempo... –empezó.

Fui a decir algo, pero Eugène se adelantó, para mi suerte.

-Juan necesita verlo con luz natural y artificial. Necesitaríamos ver la iluminación por la mañana, por la noche...

-Bueno, os puede acompañar Mila. Yo os abro. No me alborotéis a mis pájaros. En poco tiempo estará despejado.

-Perfecto. Luego hablamos con el productor ejecutivo para ver un alquiler por una semana, prorrogable. No es necesario molestar a los pájaros. Aunque sería interesante que aparecieran en la filmación, como fondo.

Charlie estaba complacido con la perspectiva, aunque a la vez algo preocupado por el estrés a que íbamos a someter a sus aves.

-Es una pena que no pueda estar. Puedo decirle a mi chica que abra la tienda, pero ahora tiene colegio...

-No te preocupes -le tranquilizó Eugène- Mila nos acompaña, ¿verdad?.

Mila asintió.

(...)

-¡Tienes una cara impresionante!- comenté a Eugène después que Charlie se hubo marchado-.

-Le hace mucha ilusión-. Mila no me hacía ni caso-.

-Luego le decimos que no ha podido ser-.traté de arreglarlo-.

-No. Le diremos que es una co-producción con Canadá para varios cortometrajes de diferentes directores con distribución restringida a salas especiales. Y le mandaremos una copia.

-¿Vamos a filmar de verdad?

-Por supuesto. Llamamos a Amenabar, que me hará ese favor...

-Ya. También conoces a Amenabar.

-Coincidimos en la facultad.

No distinguí si bromeaba, o hablaba en serio. Preferí dejarlo ahí.

(...)

Cuando conseguimos levantar, con un empujón conjunto, la trampilla -en realidad más grande y pesada de lo apreciado-, una fuerte vaharada de humedad inundó el pequeño habitáculo. Los pájaros se alteraron ante tal novedad, estallando en un coro descoordinado, y los tres a la vez mostramos nuestro correspondiente gesto de desagrado retrocediendo en forma automática, antes de mirar, por turno, hacia el agujero negro, prácticamente cuadrado, que se abría a nuestros pies.

Habíamos dejado el portillo apoyado tan solo en las bisagras, por encima de los noventa grados respecto de nuestro plano, al retroceder por causa del húmedo y denso vapor invisible.

Prácticamente a ras del piso aparecía un primer escalón -marco de hierro y base de madera, bien ajustada-, intuyéndose el declive tras la absoluta oscuridad.

Adelantándome, y apoyado en este primer escalón, que me pareció suficientemente sólido, y con la ayuda de Eugène y Mila desde el exterior -una linterna potente en mi mano derecha, y un pañuelo sobre mi boca y nariz-, inicié el descenso, despacio, porque no me fiaba de la solidez de la escalera.

Aproveché para preguntarme a mí mismo por qué iba yo delante, si no sabía qué buscábamos, ni mi interés sobre lo que fuera era grande. Me contesté que Mila -su presencia-, tenía algo que ver con esta decisión mía. Pero mi respuesta no me satisfizo del todo.

Cuando la boca de entrada estuvo a unos cincuenta centímetros de mi cabeza, toqué el piso de piedra u obra, asegurándome que no estuviera resbaladizo. Olvidé mis capciosas preguntas, para concentrarme en la exploración.

Había descendido bastante cómodamente, apoyándome en una barandilla de hierro adosada al lateral derecho de la escalera, aún con la linterna bien sujeta, que todavía me resultaba inútil, puesto que sólo estaba verificando la solidez de los peldaños, sospechosos de podredumbre en la madera sometida a tal ambiente húmedo. No aprecié, sin embargo, nada que confirmara mis sospechas. Por el contrario, la bajada resultó sencilla.

Me pareció, y así era, que el otro lateral carecía de barandilla, lo que comuniqué a mis chicas, arriba, junto con la seguridad del trayecto, después de barrer de arriba abajo la escalera con la linterna.

Se trataba de una armadura de hierro que formaba una pieza soldada con la barandilla, armadura en la que se encajaban con precisión los tablones, lisos y sujetos con tornillos a la base metálica. Evidentemente, una obra relativamente reciente.

Su aspecto era bueno y sólido, y sólo leves crujidos delataban la madera en la zona central de los escalones, cuando apoyaba mis precavidos pasos allí donde el piso no tenía sujeción ninguna.

Mientras enfocaba lo que pensé sería la pared del fondo del recinto -que no logré alcanzar-, escuché cómo Eugène me seguía, y pronto noté sus brazos sobre mi cuello, como si hubiera tropezado.

Pesaba poco. Estas muchachas de ahora no comen. Así que me volví para ayudarla a bajar, lo que hice trasladándola por el aire, como una niña juguetona, sin gran esfuerzo. Y esperé para realizar similar operación con Mila, que ya se recortaba sobre el cuadrado de luz de la salida.

Se me ocurrió, mientras bajaba Mila, qué pasaría si ahora, por cualquier motivo, se cerraba la puerta del sótano.

Podríamos levantarla sin dificultad, siempre que nada desde el exterior lo obstaculizara.

Me pregunté por qué me estaban pasando por la mente tales posibles accidentes o problemas. Me estaba volviendo paranoico. Me estaban volviendo a la cabeza, en forma de amenaza, las ideas que Eugène me venía insinuando sobre personas malas, enemigos indefinidos.

Pensé que hubiera sido mejor que alguno de nosotros se quedara fuera, pero al parecer no había voluntarios para tal misión.

Decidí, en cualquier caso, volver a subir para dejar asegurado el portillo, ya que ni Eugène ni Mila, adentrándose ya en la sala, sin miedo y sin linterna, quisieron oír hablar de la posibilidad de esperar arriba.

Tampoco yo estaba dispuesto a perderme nada, por lo que comprendí su punto de vista.

-¿Dónde vas? -oí mientras volvía a subir, dejando a mi espalda la oscuridad.

-Voy a asegurar la puerta, para que no se cierre sola.

Silencio valorativo.

-Vale -y de inmediato- ¿Por qué no te quedas arriba?

-Ni de coña. ¿Por qué no te quedas tú?.

¡Menuda banda de inconscientes formamos!, pensé.

-Correremos el riesgo -dije, mientras atravesaba un listón entre la trampilla y el marco de la puerta, que encajó de tal manera que me hizo concluir que esa era la misión de tal listón; por eso lo encontré con tanta facilidad.

Los pájaros parecían haberse habituado al ambiente, porque hacían menos escándalo del normal. Al salir del sótano, observé que la humedad se notaba menos, lo que se justificaba por estar abiertos de par en par tanto el ventanuco que daba al patio de la corrala -bajo cuyo marco sabía resaltaba la marca granate, el Zahir bañado por el sol-, como la puerta de entrada que daba al pasillo de entrada al patio. Lo que de nuevo me hizo meditar sobre nuestra inconsciencia.

Para confirmarlo, una vecina se asomó, atraída por la puerta abierta, y husmeando el olor a humedad que salía. Aunque sin decir nada, me echó un vistazo, como valorando mi atuendo veraniego, y luego siguió hacia su casa, con un juicio no muy positivo sobre mí, pensé, por su gesto despectivo.

Mientras cerraba la puerta, decidí para mi conveniencia que debía ser alguna de las cotillas de la vecindad, y todas ellas nos conocían ya a Eugène y a mí, aunque a mí me resultaba difícil distinguirlas a ellas, por lo que no quise darle importancia.

Pero en mi inconsciente seguía acechando el presentimiento de la presencia de algún enemigo ajeno a la vecindad, con aviesas intenciones respecto de nosotros.

-¿Bajas? -oí desde el fondo del sótano-. ¡Que no tenemos luz!¡Estoy oyendo ruidos!

Serán ratas -pensé.

-¡Será el edificio, que cruje! -grité.

-¡Serán ratas! -dijo Mila, muy cerca de la escalera.

¡Vaya!¡Qué chica más lista! -pensé.

A mí tampoco me gustan las ratas.

-Noto como un zumbido -escuché a Eugène, más lejos.

-¡Ya bajo! -dije mientras estaba en ello, enfocando con seguridad; olvidado el ahora inútil pañuelo.

-¡Espera! -dijo Eugène de pronto- ¡Párate ahí! Noto un zumbido, y como un aura leve, que no veo de dónde viene. No traigas la linterna.

No le hice caso en nada, y volví a bajar con la linterna.

Mila -a la que deslumbré-, estaba agarrada con fuerza a la barandilla, con los ojos perdidos. Enfoqué al fondo, según bajaba.

No llegué a ver a Eugène. Sonaba lejana, con un eco sordo. El recinto parecía bastante más grande de lo que cabría imaginar pensando en el piso superior.

Avancé hacia el lugar de donde parecía proceder la voz de Eugène, con Mila agarrada a mi cintura, y la vi al fin, cerca de la pared del fondo, delante de algunos muebles viejos sobre los que se amontonaban gran cantidad de bultos, adornos, cajas, maletas y un baúl, todo recostado contra la pared. Curiosamente, el camino hasta tal acumulación parecía despejado, algo pegajoso y húmedo, pero limpio. No se veía obstáculo alguno, y me acerqué hasta Eugène, mientras trataba de tranquilizar a Mila, que no se despegaba de mí.

-No hay ratas -decía yo suavemente, mi mano derecha sobre su pelo, mientras con la izquierda seguía enfocando a Eugène y el fondo del sótano. Mila aflojó levemente la presión a que me tenía sometido, pero siguió pegada a mi espalda.

Nos acercamos a Eugène, que escuchaba algo que de momento nosotros no apreciábamos.

-¡Apaga! -dijo ella.

Yo hice una rápida revisión de lo que había a la vista: muebles, cajas, artilugios indeterminados, amontonados casi hasta el techo, que no bajaría de los dos metros.

El recinto era verdaderamente grande.

Eugène seguía atenta a algún sonido que yo no percibía.

¡Apaga! -repitió.

¡No! -dijo Mila, con poca convicción-.

No le hice caso. Apagué la linterna. Detrás nuestro, lejos, el leve resplandor del portón de entrada apenas se intuía.

Delante, negrura total. Esperaba acostumbrar la vista a la oscuridad.

-¿No oyes? -dijo Eugène, al cabo de un rato-.

Mila se estrechó contra mi espalda fuertemente, pero no dijo nada.

Yo no escuchaba nada. Fui a acercarme más al hombro de Eugène, con dificultad, porque tenía que vencer la resistencia de Mila.

-Está subiendo de volumen -dijo Eugène, en voz más baja.

Sí. Empecé a percibir como una vibración, un zumbido lejano.

Noté que Eugène había cerrado los ojos al rozar su cara, como si quisiera concentrar todos sus sentidos en uno.

Cerré los ojos, a mi vez, y efectivamente la vibración pareció subir de volumen, aunque su efecto era algo más que un sonido: Una vibración que penetraba en mi cuerpo.

Mila, a su vez, habló cerca de mi oído, algo más tranquila, al parecer.

-Sí. Lo siento en todo mi cuerpo.

-Cierra los ojos -le murmuré.

-Sí ¿Estás temblando, Juan?

No. Estábamos los tres como conectados. Yo emparedado entre el perfume francés de Eugène y el de los domingos de Mila, vibrando, como si el piso -nuestro único contacto con la tierra-, estuviera temblando, pero de una forma muy sutil.

El fenómeno parecía crecer lentamente, y pude distinguir en él dos tonos fundamentales, uno de los cuales se identificaba con el zumbido sordo inicial y el otro, donde el zumbido parecía superponerse, unas muy lentas oscilaciones.

-Es baja frecuencia, frecuencia de audio -dijo Eugène, como para sí, pero contestando a mi no formulada cuestión-. Modulada con ultrabaja frecuencia.

-¿También sabes sobre eso? -me atreví a comentar-.

-Sí. Hay una relación entre las funciones cerebrales y la ultra baja frecuencia.

Mila debió ser la primera en abrir los ojos.

Tanto Eugène como yo seguíamos concentrados en encontrar un sentido a la creciente oscilación. Por eso, y suponiendo una relación entre el sonido y la ausencia de luz, yo mantenía mis ojos fuertemente cerrados. Una leve queja, y un movimiento de hombros de Eugène, me indicaron que yo también la estaba presionando a ella en exceso, como haciendo inconsciente fuerza para entender.

Sin embargo Mila -más curiosa o menos concentrada-, nos "despertó".

-¡Oh! -exclamó-. ¡Hay luz!

Al abrir los ojos, observamos que ya no estábamos en la oscuridad, sino que un débil halo -que parecía proceder de la pared, detrás de los muebles y los cachivaches-, se difundía por toda la estancia.

Además, poseía especiales cualidades. Su tono -aunque no soy fiable en esto-, yo lo definiría como blanco azulado; su calidad parecía ser fría, en alguna forma, y sin embargo irradiaba algún tipo de energía.

Por otro lado, enseguida se percibía una variación en la intensidad, creciente, decreciente, que obviamente seguía el mismo ritmo lento de la oscilación en su componente de ultra baja frecuencia, ascendente y descendente en luminosidad, y en su componente de más alta frecuencia, lo que se resolvía en una especie de nube de puntos de luz, en continua variación uno a uno, y en lentas subidas y bajadas de intensidad, como conjunto.

La percepción auditiva y óptica coincidían, evidentemente.

La sensación térmica era extraña, como de frío caliente, como cuando, ardiendo de fiebre, sentimos frío. Un oximorón físico.

Incluso el potente olor a humedad que nos había repelido al principio había desaparecido, expulsado por un aroma que me recordaba a un laboratorio de química, o a un hospital, o a ambos, y que también llegaba en vaharadas rítmicas.

La tensión estaba siendo sustituida por una asombrosa relajación, como si mi cuerpo sucumbiera ante algo que, al superarme tan claramente, anulaba mi estrés.

La disminución de la presión que sobre mí ejercía Mila, y la evidente relajación de los hombros de Eugène me hicieron deducir que nuestras sensaciones eran similares.

En ningún momento perdimos el contacto físico, como si atendiéramos a algún tipo de influencia hipnótica que nos afectara como grupo, más que personal uno a uno.

En un momento indeterminado, como obedeciendo a una orden que los tres queríamos acatar, Eugène, delante del centro del foco luminoso, empezó a adelantar su mano diestra –la izquierda- muy lentamente. Yo -y de alguna forma era consciente de que Mila a mi espalda también-, seguía su lento avance hacia lo que sin duda era el origen del que emanaba todo el efecto que, aunque nítidamente marcado, parecía flotar en una posición inconcreta situada entre la pared y el conjunto heterogéneo de chismes que nos separaban de ella, más allá de la vieja cómoda sobre la que destacaba, interponiéndose en nuestro avance, un baúl de madera reforzado con herrajes de bronce o latón.

Lenta, pero ansiosamente, las puntas de sus dedos iban aproximándose a aquel foco, mientras Mila y yo la apoyábamos mentalmente. Los tres lo podíamos percibir claramente, siendo consciente cada uno de las sensaciones emocionales de los otros dos.

La mano de Eugène tembló ligeramente, aunque no retrocedió, al tiempo que me atravesaba un leve cosquilleo, procedente de Eugène y con destino a Mila.

Las puntas de sus dedos se iban volviendo translúcidas en oleadas rítmicas de luz, que se hacían más intensas por momentos. Sus sensaciones de alguna extraña manera nos abarcaban a los tres, avanzando y retrocediendo lentamente en un crescendo de intensidad.

Había sucedido algo extraño -que después comentamos asombrados de no haberle prestado atención mientras sucedía-, como si una rara conciencia que controlaba la situación nos lo hubiera mostrado como normal. Sucedía que, hacía ya rato, (¿cuánto?), la posición espacial de "nuestra" mano (me veo obligado a hablar así, para hacerme entender) irradiada desde aquel punto hasta la desnuda muñeca de Eugène, estaba claramente situada más allá del viejo baúl de sólida madera que hubiera lógicamente debido interceptar el avance de la mano, siendo sin embargo perfectamente distinguibles tanto la mano de Eugène como el propio baúl de oscura madera y herrajes patinados. Como si estuvieran ocupando a la vez el mismo espacio, estando sin embargo ambos nítidamente definidos, aunque la cualidad translúcida no parecía afectar al objeto-baúl.

Pero en aquel momento nos pareció natural que así fuera, más teniendo en cuenta que Eugène, Mila y yo como intermediario notamos entonces un contacto con algo sólido que en ningún caso podía confundirse con la superficie de madera y bronce.

Repito que, llegados a este punto, nada de lo que nos estaba pasando nos parecía extraño en ningún aspecto. Como si no figurara, según nuestro entendimiento lógico a posteriori, fuera de las leyes físicas aprendidas.

Evidentemente, también nuestra forma de razonar o entender se había modificado de una forma sutil.

El contacto fue claro y nítido. La forma de aquello con lo que habíamos (sigo teniendo que hablar en plural) contactado se nos hizo evidente de inmediato. Cilíndrica, no muy grande y de textura metálica. Un cilindro fácil de abarcar con la mano de Eugène, de un metal pulido, suave al tacto, dispuesto a ser asido.

El metal producía, por un raro efecto simpático, un persistente picor en la lengua y el paladar. Como manifestando sus cualidades físicas globales; no daba sensación de frío.

Cuando la mano de Eugène se cerró sobre el objeto, en un espasmo de mayor intensidad de la alcanzada hasta ahora, la radiación fulguró y se extinguió en un microsegundo, volviéndonos de golpe y sin solución de continuidad a una realidad de la que, aparentemente, habíamos estado ausentes por un tiempo que no sabíamos medir.

La luz, la vibración, desaparecieron, dando paso a la oscuridad, solo rota por la linterna que, encendida sobre el suelo, apuntando inútilmente a un lateral de la estancia, yo debía haber dejado caer, no recordaba cuando.

La linterna yacía en el suelo, encendida pero inútil. Era el único punto de luz.

Permanecimos en un silencio expectante un rato. Eugène se había dado la vuelta y me abrazaba por la cintura y hundía su cabeza entre mi hombro derecho y mi cuello.

Su abrazo abarcaba la cadera de Mila, que a su vez, sobre mis hombros, abrazaba nuestras cabezas unidas. Como si sintiéramos un frío desnudo. O la ausencia de algo indefinido.

Por suerte, y aunque estábamos a oscuras, me sentí algo ridículo. Dije algo, no recuerdo qué, pretendiendo ser gracioso, y deshice el abrazo colectivo justo a tiempo para que cuando se encendió la luz el pajarero nos contemplara a los tres, con cara de tontos, mirando ora a la escalera ora a la bombilla desnuda que pendía del techo, que nos dio, al fin, una visión de conjunto que hasta ahora no teníamos.

-¿Estáis aquí todavía? -dijo el pajarero- ¿Por qué tenéis la luz apagada?.

-No sabíamos que había luz -Mila recuperaba una cierta normalidad, antes que Eugène y yo- Trajimos una linterna.

-¡Claro que hay luz! -bajaba el pajarero hasta nuestra altura y se nos quedó mirando, entre curioso y divertido-. Con esa linterna no os habéis hecho una idea- Miró a su alrededor aprobando-. Ya no recordaba qué había aquí abajo. Debe hacer años que no me preocupo. No está tan mal como yo recordaba. Hará un bonito escenario -valoraba contemplando las paredes de rojo ladrillo visto, sin enjalbegar-.

-Sí, sí -corroboró Eugène. Y dirigiéndose a mí- ¿Verdad?.

Traté de poner cara de ayudante de dirección, mirando a mi alrededor.

-Se parece a lo que andamos buscando –dije, como en meditativa distracción, a una percha de madera, de pie, que tenía cercana-.

Asombrosamente, el lugar aparecía despejado -salvo en la pared del fondo-, y limpio.

-¿Qué hora es? -dije, retóricamente, mientras consultaba mi reloj, algo nervioso, y pensaba que debía haberse estropeado.

-Pues no huele mucho a humedad -comentó extrañado el pajarero- de hecho huele como...

-Nos tenemos que ir - se apresuró Mila, abriendo la marcha y arrastrándonos.

Lesbos

Lesbos

Parecía que yo andaba de suerte.  

El doctor había concluido, tras dos horas, que no había conclusión posible.

Además, estaba realmente afectado por su anterior metedura de pata -que achacaba a la precipitación-, y prefirió recoger los datos de los que simplemente había estado verificando su integridad, y retirarse a la universidad, dijo, o donde quiera que tuviera su retiro de estudioso –su torre de marfil-, para analizar aquel galimatías en detalle antes de enviarnos en una expedición sin objetivo claro.

Lo que yo le agradecí, interiormente: Su retirada, no la proyectada expedición, he de aclarar.

Eugène no pareció tan molesta como yo hubiera supuesto. También había rebajado su excitación. Habló vagamente de continuar con su Tesis, cosa que me sorprendió, porque pensaba que aquello era otro de sus cuentos; no me dio la gana preguntarle por el tema de su Tesis.

Tampoco se la veía con aspecto de comentar mucho.

Cuando por fin ambos se marcharon, yo me hice a la idea de tratar de adelantar en mi novela. Más considerando que de momento la tenía económicamente hipotecada, sin haber llegado ni a la mitad. Empecé a re-situarme mentalmente.

Ginger: Había cambiado algo de carácter, en detalles estéticos, pero era sustancialmente la misma. Le sentarían bien algunos toques exóticos, que acomodaban con su carácter. En cuanto a la situación atascada...

La verdad es que me apetecía menos que al principio retomar el argumento donde lo dejé.

Pero al fin y al cabo era mi obligación laboral.

Hubiera preferido continuar las exploraciones por los alrededores de Aranjuez, en compañía de Eugène, pero ella sólo mencionó que me llamaría.

Cuando salieron los dos, cada uno hacia su destino, yo me dispuse a desordenar un poco el medio ambiente, porque mi "habitat" de trabajo precisa del desorden para ser eficaz, y Eugène parecía en cambio propensa a dejarlo todo en su sitio, o inventar un sitio para cada cosa, lo que me tenía bastante desorientado, aun cuando no me atreviera a comentárselo.

El doctor había vuelto a vaciar el ordenador: Quizá temía mi inexistente curiosidad, quizá fuera necesario o una precaución elemental; la idea de alguien persiguiéndonos o vigilándonos que Eugène había tratado de inculcarme no había tenido gran eficacia sobre mí. Recordé, mientras desparramaba por el suelo un par de capítulos inacabados, cómo me había mirado el doctor cuando le comenté lo accesible que era mi vivienda, hasta el punto de que la llave se había convertido en un estorbo.

Quise comprender su punto de vista, lo que me resultaba complicado por que ¿quién que no fuera Eugène, o él mismo, podía tener interés en buscar algo en mi apartamento?¿En mi ordenador?¿Un espía de la Editorial Planeta?

Ni siquiera mi novela, a la que lógicamente valoraba mucho, podía perderse por completo en las entrañas de la máquina. Ni en forma accidental, ni intencionada: Ángel, a requerimiento de mi editor y basado en previas experiencias desastrosas, me había proporcionado un sistema que de forma automática, sin la intervención de mi despreocupada mano, se ocupaba de hacer copias que pasaban, vía telefónica, a un disco duro remoto que era sencillo de recuperar: Como ya había tenido oportunidad de verificar en alguna ocasión, debido a mi torpeza ofimática.

Y la mayoría de los muebles pertenecían a mi casera, que no había invertido mucho en ellos.

Tampoco tenía nada de valor, salvo el propio ordenador portátil, que era propiedad de mi editor; jamás tuve la más mínima preocupación por este asunto.

Mientras cavilaba sobre todos estos detalles en creciente paranoia, me di cuenta de que, lo que realmente me pasaba, es que la echaba de menos, media hora después de que se hubiera ido: La cosa parecía grave.

Necesitaba un tratamiento de choque.

Recordé que, al salir de mi casa, en Madrid, había olvidado recoger algunos apuntes. No es que fueran importantes,... bueno, sí lo eran.

Lo que pasa es que eran anotaciones que yo podía recordar de memoria casi en su totalidad, y mi primera intención era evitar, por cualquier motivo, abandonar mi refugio.

Pero de mi primera intención quedaba muy poco.

Por otro lado, había delatado mi cercanía tanto a Ángel como a Marta, por lo que la ficción de las Rías Bajas no tenía ya ninguna utilidad.

Y las intenciones, buenas o malas, de que está empedrado el camino del infierno, me condujeron a la ruptura.

Sobre todo, a intentar demostrarme a mí mismo que podía prescindir de Eugène...

Tenía esa necesidad imperiosa, tanto más cuanto que la melancolía había tardado tan sólo media hora en aparecer.

No había terminado de hacerme este auto análisis para afrontar mi síndrome de abstinencia emocional cuando ya había recogido en mi bolsa de viaje lo imprescindible y me dirigía con decisión, tras cerrar con dos vueltas de llave llave la puerta, hacia la estación.

El plan era simple: Me acercaría a Madrid -tres cuartos de hora de tren-, a mi casa -media hora de metro-, recogería los papeles, comería en alguno de los restaurantes de Latina, y volvería tranquilamente, sin saludar a nadie; estaría de vuelta temprano.

Sin tomar el autobús que llevaba a la estación de Aranjuez, que no era muy frecuente en sus horarios, y ligero de equipaje, tan sólo añadía unos veinte minutos más de agradable paseo camino de la estación, bajo la sombra de los plátanos que filtraban el sol matinal.

Desde que me subí al tren de cercanías, pareció como si hubiera desaparecido de Aranjuez y retornado del sueño a la vigilia rutinaria.

Nada más dejar atrás el Tajo, luego el Jarama, los últimos árboles, las últimas huertas de la vega y desembocar en la terrible estepa castellana poblada de polígonos industriales y ciudades residenciales en medio de ninguna parte, entré en una especie de sopor automático que hizo que apenas recuerde cómo pasé las siguientes cinco horas.

Me consta que cumplí mi programa porque las anotaciones para la novela estaban en mi bolsa de viaje.

Y recuerdo haber comido el plato del día por la zona de Encomienda en un local que me era desconocido, aunque se parecía a tantos otros, donde tocaba cocido madrileño.

Tuve cuidado de no ir a ninguno de mis comedores habituales, donde pudiera tropezarme con algún conocido.

Poco después, y renunciando de nuevo al autobús que me llevara desde la estación a Aranjuez, declinando el día, volvía a mi apartamento.

No había curado mi melancolía, pero me sentía algo más dueño de mí: Había logrado algo de distancia con respecto a la profundidad de mis sentimientos...

(...)

Sé que no debiera haberme quedado, por respeto a su privacidad.

Pero primero la sorpresa me paralizó, después me poseyó el demonio de la perversidad. Finalmente, aún dudo de mis propios sentimientos.

Cuando llegué a mi apartamento, que tenía razones para pensar abandonado a la soledad, evidentemente no era esperado.

Tampoco esperaba yo encontrar la puerta abierta, si bien no era tan raro porque el resbalón -ya lo había experimentado otras veces-, desgastado por el uso, no cerraba bien si no te tomabas mucho interés en que lo hiciera.

Incluso -estoy seguro- podría ser abierto de un empujón aunque se hubiera aparentemente encajado correctamente. Creí haber echado la llave, aunque quizá fuera una precaución inútil en última instancia.

El caso es que la puerta estaba entornada, yo no era esperado, y no hice ruido o no fui escuchado.

A juzgar por la concentración que observé, prefiero pensar que no me oyeron.

Mi primera intención al verlas fue hacerme notar -un carraspeo, un saludo-, pero un reflejo inconsciente me paralizó.

Aseguro que estuve un tiempo razonable de pie, en el marco de la puerta de mi habitación, sin hacer nada por ocultarme, con la boca entreabierta para pronunciar un saludo que nunca fue.

No era extraño, en principio, que existiera entre Eugène y Mila suficiente efusividad y confianza como para abrazarse, como prefieren las hembras, en lugar del frío apretón de manos del macho; pero la situación derivaba hacia otra conclusión, por la duración del abrazo, el silencio obligado de labios contra labios, la exploración del cuerpo contrario con manos ávidas...

De espaldas a mí la silueta inconfundible de Eugène, para mí ya tan familiar, era investigada en toda su extensión por las manos de Mila, que no podía haberme visto porque, primero, su cara desaparecía tras la redonda cabeza de Eugène, y después, cuando rozaba con los labios cuello y lóbulo de la pequeña oreja de Eugène, porque tenía los ojos cerrados.

Llegado a este punto, tenía que optar:

O desaparecía discretamente como persona civilizada; o me hacía notar en tono que quisiera ser casual, como si acabara de llegar. O permanecía allí, al amparo de la oscuridad del pasillo, guiado de morbosa curiosidad.

Cuando la mano derecha de Mila, sobre la cintura de Eugène, empezó a elevar lentamente su camiseta negra, desnudando despacio su espalda, yo ya no podía elegir, ni tener dudas acerca de lo que estaba pasando.

Me siento obligado a explicar, por otro lado, que entre los muchos sentimientos que me inundaban en aquellos momentos, mientras daba un paso atrás hacia la oscuridad del pasillo, no figuraron los celos al principio; al menos no con el peso que yo mismo hubiera supuesto: Estaba más bien asombrado.

Mientras, la camiseta de Eugène, arrastrada espalda arriba, mostraba la depresión de su espina dorsal, hasta hacer asomar el cierre del sujetador que extrañamente vestía, contra su costumbre. Quizá por aquel antiguo axioma de que la mujer se viste más cuanto más dispuesta está a desnudarse, elucubré nervioso.

A la par Eugène no había permanecido inactiva sino que, acariciando la nalga izquierda de Mila con su mano derecha, sobre la tela de los vaqueros ajustados, hasta la entrepierna, había provocado que ésta elevara su muslo y rodeado con su pierna las nalgas de Eugène, para intentar contactar más directamente su pubis con el de ella, en equilibrio inestable, presión que Eugène aprovechó para elevar sus brazos y permitir que su leve prenda sin hombros se deslizara con facilidad sobre su cabeza, dejando su torso vestido tan sólo con el sujetador blanco -talla ochenta-, que se apresuró -una vez la camiseta resbalaba hasta sus pies- a desabrochar ella misma, manipulando con sus dos manos sobre el cierre, bajo sus omóplatos, en contorsión que le obligaba a cerrar sus nalgas y presionar aún más su vientre sobre el de Mila.

Al deshacerse Eugène del sujetador -que cayó, apenas un copo, sobre la camiseta-, echó la cabeza hacia atrás, agitándola levemente, como si quisiera apartar el pelo de su cara, siendo que no existía tal cantidad de pelo como para estorbar la visión en ningún modo y que sus ojos estaban, también, cerrados, por otro lado. Este ademán me llevó a tratar de imaginar por un instante cuál sería su imagen rematada con su lacio pelo negro largo, en lugar de la redonda cabeza de pelo de pincho que yo siempre había conocido.

Medite vagamente que conocía hasta el último rincón de su cuerpo pero, evidentemente, no la conocía a ella, concluí, con cierta tristeza.

Y tengo que volver a insistir en que mis sentimientos, algo contradictorios, estaban respondiendo de una forma que yo, en otras circunstancias, no consideraría "normales".

Ella echó su cabeza más hacia atrás aún, sus manos sobre los hombros de Mila, en forma que ésta pudiera descender por su fino y largo cuello hasta sin duda perderse en sus pequeños y turgentes senos –supuse sus pezones erectos-, elevándose a derecha e izquierda, por efecto de sus brazos levantados:

Aquellos pequeños senos nacarados que yo no veía, pero que tan bien conocía, redonda y estrecha aureola oscura, rectos y largos pezones, su marca, lunar, o lo que fuese...

Aunque yo no lo había advertido, (por momentos veía con la imaginación más que con los ojos) al bajar sus brazos Eugène debió entretenerse en desabotonar la ceñida camisa de lino que apenas contenía las formas sinuosas, sensuales, de Mila, que yo había sospechado más de una vez, mientras Mila maniobraba con el cierre de su propio sujetador -talla noventa- que se aparecía negro, sobre el azul oscuro de la camisa, que, con rapidez inusitada, en estudiada contorsión -nueva presión vaginal- se deslizó, tropezando en su muslo, aún elevado, hasta el suelo, al lado contrario de la ropa de Eugène.

Curiosamente, aunque yo no supe cómo, esto lo hizo sin deshacerse de la camisa, que sin embargo no alcanzaba a cubrir sus pechos.

Oculto en la penumbra, yo contenía la respiración, fuertemente excitado, para mi vergüenza, acometido por sensaciones ambivalentes.

A la luz del sol filtrada por la persiana, uno de los exuberantes senos de Mila, el izquierdo, dejó asomar por el costado de Eugène, bajo su axila, su aureola redonda, difusa y amplia, donde destacaba un pequeño pero erecto pezón que había escapado bajo la presión, torso contra torso. Aunque por algún extraño motivo Mila no hacía intención de deshacerse de la ligera camisa.

Mila, ligeramente más baja que Eugène, lo recuperó con su mano, tratando de elevarlo, sin duda para contactar con los pequeños senos de Eugène, para aprisionarlos entre los suyos, dentro de su camisa, fuera de mi inspección indiscreta.

Ambas echaban un poco la cabeza hacia atrás. La cara de Mila, frente a mí, se levantó un instante -ojos indolentemente cerrados, negras y largas pestañas, indefinida expresión en su boca entreabierta, labios rojos y húmedos, leve suspiro- para hundirse de nuevo entre los senos de Eugène, en lento y laborioso descenso, mientras recuperaba el apoyo de sus dos piernas, bajando su muslo parsimoniosamente y sin perder un segundo de contacto con los muslos de Eugène, y más abajo, abriendo las piernas para poderse flexionar, en cuclillas, descendiendo hasta perder su cabeza a la altura de la cintura de Eugène, que ladeaba lentamente su cabeza, derecha e izquierda, por lo que pude averiguar, de refilón, que sus chispeantes ojos avellana permanecían cerrados.

Mila, ahora de rodillas, había desabrochado los jeans de Eugène, y pugnaba por hacerlos bajar, con dificultad,...

Tuvieron que oírme cerrar la puerta. Desde luego, era mi intención. Confusamente, pretendí sin duda provocar un sobresalto vengativo; pero no esperé a verificarlo.

Desde la periferia

Desde la periferia

(,,,) Sucede, sin embargo, que me siento responsable de que ciertas informaciones y circunstancias alcancen a ser develadas, sean cuales sean las consecuencias.

 

A la luz de un único foco de luz amarilla lateral, Juan, que a todas luces lleva un tiempo sin asearse y barba de tres días, escribe furiosamente sobre el teclado de un PC; detrás, la pantalla de un portátil ilumina iridiscente el contraluz de su cabeza.
Por el suelo –la habitación es pequeña, abigarrada, de un apartamento; contra la pared se intuye una cama, casi un catre, y un armario pequeño, sin adornos- hay papeles en desorden, hojas sueltas con anotaciones sobre sus sandalias, al igual que en los alrededores de la mesa del teclado.


También en el suelo, al lado de su pierna -con peligro de ser derribados- esperan una botella de JB sin estrenar, y un vaso ancho de base cuadrada, vacío. Al fondo, muy cercano, la escena se refleja sobre el cristal de una ventana de aluminio sin cortina, puesto que en el exterior es noche cerrada, negra.
Desde la ventana, a su espalda, vemos como sobre la pantalla del ordenador, van apareciendo espasmódicamente frases inconexas.
Juan teclea y mira a la pantalla, vuelve a teclear, y vuelve a mirar,...
Sobre la pantalla se intercalan líneas que evidentemente Juan no ha tecleado.
Su expresión y su actitud oscilan entre la preocupación, el miedo, la sorpresa y la urgencia.
Una voz interior relata lo que pasa por su cabeza, lo que intenta transcribir, porque en la pantalla aparecen frases diferentes, intercaladas entre las suyas, de colores tamaños y fuentes cambiantes ...

Pedanía

Pedanía

CAPITULO V

 

Los sótanos o bodegas existen en todas las construcciones antiguas de Aranjuez, y la leyenda popular hace comunicar los edificios importantes mediante una red de túneles.

 

Sin embargo el paso del tiempo ha hecho que se perdieran o cegaran la mayoría de los habitáculos subterráneos por diferentes causas:

El deterioro, que imposibilita su uso, ya que el terreno donde se asienta Aranjuez es necesariamente húmedo, el agua discurre hacia el río por debajo del pueblo y geológicamente el terreno es gredoso, lo que hace poco prácticas estas estancias, salvo para el cultivo del champiñón, supongo.

Por otro lado en ocasiones su existencia ha sido simplemente olvidada -también por falta de uso-, especialmente cuando el acceso no se encuentra dentro de una vivienda sino que, siendo comunales, se localizan en un rincón de un patio o corrala de difícil acceso.

En cuanto a los hipotéticos túneles, todo el mundo habla de ellos, añadiendo que alguien a quien conocen -nunca ellos mismos-, los han visto y recorrido:

Se trataría de pasadizos subterráneos que comunicaran edificios importantes, palacios, iglesias, cocheras de carruajes, casas de Postas, dependencias de la corte,... por motivos estratégicos obligados al secreto. O por motivos banales y escandalosos, que obligaran a mayor secreto aún.

Su existencia es dudosa, al menos en la magnitud en que es imaginada, aunque la idea es muy popular en la historiografía local, porque para los autóctonos explican u organizan historias truculentas o indecentes referidas a la nobleza, la realeza, la clerecía, la corte en general que siempre habitó el pueblo, donde caben relatos de amores, guerras, infidelidades, conspiraciones, complots; actividades que requieren del ocultamiento, historias a las que en Aranjuez las gentes son muy aficionadas y -se non e vero, e ben trovato-, dan pistas sobre hechos reales, simpatías y antipatías del pueblo.

Y como Eugène ha logrado entusiasmarme en alguna forma perversa -me temo que no muy científica-, acepté la posibilidad que me planteaba, sin discutir. A costa de algunas páginas de mi novela.

Aquella pedanía de Aranjuez, punto que parece indicar su misteriosa pista, es de construcción relativamente reciente en todo caso, y muy reciente considerando las pretendidas indicaciones del mensaje que presuntamente contiene.

No es óbice ello, sin embargo, si consideramos una cadena que se desplaza a lo largo del tiempo -en paralelo con el tiempo-, ¡y vuelta a empezar!...¡Qué imaginación desbordante la suya!

-Todo ello suponiendo que no se trate de un mensaje apócrifo –trataba de explicarme.

Yo me dejaba convencer, íntimamente avergonzado por ello.

(...)

Nos dirigimos a la bodega en su coche, para encontrar que se halla actualmente en funcionamiento comercial.

Sobre su forma de conducir, me reservo la opinión, por el momento.

El Cortijo está a unos cinco o seis Kilómetros de Aranjuez, por carretera descuidada, a unos diez minutos en automóvil. Cinco minutos en el caso de Eugène...(dije que no iba a opinar).

La bodega formaba un todo con la iglesia y las casas bajas de la pedanía, habitada en su mayoría por colonos llegados en diferentes oleadas.

Se trata -como el casco viejo que la cubre en toda su extensión-, de una construcción neoclásica situada en una de las pedanías de Aranjuez, repoblada ex-profeso por la monarquía para atender las necesidades de la cocina de la corte mediante sus huertas regadas por el río y sus azudes o acequias, sus ganaderías autóctonas y exóticas y los aborígenes cultivos de secano en la meseta, como la sandía y el melón, traídos de Levante, probablemente.

Y por supuesto, sus viñas ancestrales, con especies escogidas y reconocidas.

La bodega, como dije, había sido recientemente re abierta como tal, habiendo permanecido olvidada durante cien años, siendo tan sólo utilizada esporádicamente para el cultivo del champiñón, como acertadamente supuse.

Es de obra sólida, bien diseñada y planificada para su uso, y sirve de base a todas las construcciones originales de la pedanía, teniendo comunicación con alguna de las casas, alguna abertura exterior que sirve de respiradero, y dos entradas importantes, una de ellas principal, porticada, a pie del suelo, aprovechando el desnivel entre las tierras bajas de la ribera y las más elevadas donde se asienta la pedanía.

Esta entrada, a la derecha de la iglesia y por debajo de ella, según se viene de Aranjuez, es de factura cuidada, de estilo barroco, y suficientemente grande para permitir a la vez el paso de dos carruajes de caballos de los de la época de su construcción.

La bodega se podía visitar: Era una táctica comercial acertada.

Efectivamente, existía la galería cegada.

No estaba realmente oculta. Simplemente no se imaginaba a dónde pudiera llevar. Nadie la recordaba ni figuraba en los planos, que se habían elaborado recientemente. Si no se sabía que estaba allí, o se buscaba, no había señales que la indicaran.

Aparentaba otro muro de ladrillos más de los que interrumpían la galería abovedada.

Enladrillada, si se prestaba atención, en época más reciente que el resto de las paredes.

Tampoco ahora era sencilla su localización, porque lógicamente el muro liso se había aprovechado: como apoyo de una gran tinaja, muy alta y ancha en el centro, sin duda un adorno, por no ser accesible, pues su boca rozaba el techo, a pesar de la altura de éste -Esta clase de tinajas solía situarse, como me explicó Eugène, usando un segundo piso sobre cuyo suelo aparecía la boca, porque su altura era superior a un piso de edificación normal, y su volumen proporcional, medido en arrobas. Su factura era de un pueblo de la zona muy conocido por este tipo de alfarería-, y una gran cuba de madera de roble que descansaba horizontal sobre un trípode, también de madera, donde reposaba uno de los reservas de la marca del actual propietario.

Estos detalles dan una idea de la amplitud y grandeza de la construcción.

Al dirigirnos directamente allí, siguiendo las indicaciones del documento que ella portaba -que evitó enseñarme-, y verificar los datos, con un golpe seco y comparando con las paredes adyacentes se apreciaba nítidamente el sonido a hueco esperado: El muro no aparentaba ser muy grueso, a juzgar por el eco.

Nos preguntamos -me pregunté-, qué íbamos a contar al propietario para poder averiguar qué había detrás de la pared.

En mi novela, pensé, lo resolvería sin dificultad: calculando una hora nocturna adecuada para asaltar, sin testigos y armados de herramientas adecuadas, la pared. Derribarla a la luz de una linterna y descubrir el gran misterio...

Eugène pensó con más rapidez, o ya había premeditado una solución mejor.

Simplemente se dirigió al dueño de la bodega, que acompañaba a otros visitantes, le abordó y le explicó que, según un plano consultado en la Biblioteca Nacional, que le mostró, tras esa pared -y señalo la interfecta-, había otra galería y otra estancia amplia.

Que ella se lo explicaría con detalle y le gustaría colaborar en el descubrimiento, para complementar su Tesis doctoral.

Y que el negocio se vería incrementado económicamente.

Para mi sorpresa, el propietario se interesó de inmediato y quedaron en dos días para proceder al descubrimiento.

Evidentemente, Eugène era experta en muchas cosas.

En este caso, mostró su naturaleza francesa, hablando el castellano con un acento que yo no reconocí, pero que tuvo su efecto.

Diciendo la verdad a medias, si es que a mí me la había dicho, se presentó como enóloga experta de una firma vitícola de Burdeos que nombró con mucha naturalidad y al propietario no debió sonar mal, o eso dio a entender.

En una rápida charla entre "connasseurs", de la que no entendí gran cosa, hablaron de diferentes tipos de uvas, francesas, españolas, híbridas, las de esa misma pedanía,... hasta que Armando se convenció, demasiado rápidamente, a mi juicio, de que valía la pena escuchar a aquella francesita.

Yo no sabría decir si es que Eugène realmente entendía de vinos, uvas, aromas, bouquet, o es que Armando se dejó guiar por el marcado acento que ella utilizaba.

Eugène me comentó luego que Armando no sabía gran cosa, porque le colocó con naturalidad varias tonterías que él no detectó y aceptó como la Biblia.

Tampoco él se sorprendió de la juventud y buena figura de tal aspirante a doctorado.

O más bien tuvo un peso importante tal circunstancia. La de la figura, no la del doctorado, a juzgar por las miradas de reconocimiento que el tal Armando le dirigía.

Yo actué -involuntariamente y molesto por ello-, de convidado de piedra.

Ni siquiera fui presentado (digamos que Armando me tomó por otro francés, impedido en tal medida por la dificultad insalvable del idioma como para ni siquiera intercalar una palabra; no sabía decir nada en castellano, y por eso no hablaba, pudo suponer).

Pero a mi pesar -y me preguntaba por qué-, cada vez que ella miraba o señalaba la pared en cuestión, la bóveda, la cuba, la tinaja gigante, dándole la espalda visual, la vista de Armando se dirigía a sus pechos, su cadera, su cintura,... aunque siempre asentía, seriamente convencido.

El caso es que pasado mañana colaboraremos activamente en el descubrimiento de la sala que Eugène bautizó -sin ningún fundamento y con todo descaro-, la Cripta Privada de Godoy, denominación -de origen-, que a Armando le pareció deliciosa, más que perfecta. Y científica. Genial también, dijo.

Por suerte, Armando estaba muy liado con unos clientes japoneses, presuntos compradores de un cierto volumen, que evidentemente eran una competencia excesiva a los encantos de la futura doctora, por lo que hubo de abandonarnos, muy a su educado pesar, con la promesa de concretar telefónicamente la cita, usando el número de móvil que Eugène le facilitó.

Arriesgado, pensé, dar tal teléfono al tal Armando.

Desde luego, yo no era objetivo en ese momento.

Lo comenté después, algo picado por mi papel nulo en la maniobra.

-Le he dado el móvil de mi profesor de filología griega, bête –me comentó, mientras volvíamos al coche-. Un tipo muy simpático.

-¿Uno de tus amigos? –traté de molestar. Tampoco quise saber qué significaba "bête".

-Sí –me miró divertida-. Debiera estar jubilado, pero no sabría qué hacer fuera de la cátedra. Y muchos jóvenes envidiarían sus ganas de vivir.

-¡Ah! –fingí sentirme más tranquilo.

Había sacado su móvil y llamaba a un número de su agenda, mientras volvíamos hacia el Golf.

-¿¡Don Simón!? -gritó al auricular- ¡Aquí Eugène!....Sí.... Pasado mañana... Asegúrese de coger los detalles, aunque yo los controlaré por mi cuenta en cualquier caso. (Pausa larga) No. Mejor no venga. Creo que es una pista falsa -pausa, sonrisa-. ¡Hasta pronto!

-Es algo sordo –se disculpó-. Pero su cerebro funciona mejor que en sus ochenta anteriores años.

-¿Don Simón? –No se me ocurrió otra cosa: Existía una marca de vino de mesa con ese nombre- ¡Entenderá de vinos también!

Me avergoncé de mi chiste malo y forzado. Estaba celosillo.

-No seas majadero –puso ella cara de enfado-. Don Simón solo bebe Drambuie.

(...)

-¿Por qué piensas que es una pista falsa?

Volvíamos a Aranjuez, en su Golf. Conducía como un piloto de fórmula uno con fiebre. Es decir, a gran velocidad, pero con poca pericia, con voluntad, pero sin reflejos, pero con una convicción indiscutible...

No había comentado nada referente a su forma de conducir al venir, temiendo que fuera peor, aunque mi mano derecha sobre la sujeción lateral debía ser ilustrativa. Ahora tampoco me atreví... La carretera, además, era realmente nefasta.

-Por la construcción –dijo Eugène- No cuadra con la época.

-¿Pero vamos a comprobarlo?

-¡Por supuesto! –asintió vehemente-. Cabe una remota posibilidad. Puede haber habido una manipulación, en el tiempo –pegó un volantazo y derrapamos sobre la gravilla del arcén-. También puede tratarse de una maniobra para confundir, para evitar indeseables.

-¡Una auténtica pista falsa! –quería ser ingenioso.

-Sí –mi paradójica ironía no fue apreciada. No se la notaba familiarizada con la supuesta sutileza de mi improvisado oximorón.

Enfiló la recta arbolada a una velocidad inadecuada, por exceso. El coche parecía despegar en cada bache.

-¿Tenemos prisa? –intercalé, tratando de parecer casual.

-Disculpa –Me entendió, menos mal. Relajó la presión sobre el pedal de aceleración- Es ese Armando, un estúpido con suerte.

-Olvídalo –me relajé en parte. Mis celos se esfumaron.

-Es que le he hecho pasar un tinto de Bourdeaux por un blanco del Rhin, en una zona imposible hasta para un aficionado –nuevo acelerón-. ¡Y me ha dicho dónde lo probó!

Me agradó su curiosa inocencia. Me tranquilizó en parte. ¡Si no estuviera preocupado por mi integridad física, me sentiría, por un instante, feliz!

-Bueno -nuevo sobresalto automovilístico-. No sabía que fueras tan sensible con el vino.

-Lo llevo dentro -frenazo brusco, derrape, y enfilar la cuesta por el arcén-.

-Pensé que eras las setas, o los tartufos esos -murmuré para mí-. ¡La automoción también, al parecer! –Ahora tampoco me oyó-.

-¿Qué? –aflojó un poco al entrar en población-. Estaba pensando en otra cosa...